Los Muertos Descansan en Paz. Los Vivos Se Mueren de Miedo.

 

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Por Lupita Peimbert

(Cultura 2016) – Cada 2 de Noviembre los mexicanos en Estados Unidos celebramos el día de muertos a todo lo que da. Pero la celebración hace tiempo que dejó de ser sólo mexicana; se ha extendido a cualquier persona que aprecia la tradición, y se transforma cada año según lo que el grupo, la comunidad o la ciudad que la celebra considera apropiado.

Y de hecho, la costumbre es mesoamericana, del río bravo hasta la patagonia. Pero en el centro y sur de México cobró tanto arraigo, que hasta la UNESCO reconoce la fecha en su lista de “Herencia Cultural Intangible,” como un componente esencial que ayuda en el desarrollo de la expresión creativa y las diferentes formas en las que la humanidad hace cultura.

Lo que por muchos años fue en México una costumbre centrada en el panteón, las ofrendas (altars) y en el pan de muerto, ahora se enfoca además en hacer circo, maroma, y teatro, literalmente. Es una fiesta vertiginosa que atrae, crece y se convierte en algo más cada año.

En el área de la bahía de San Francisco por ejemplo, se hacen un montón de cosas. En el Distrito de la Misión hay una procesión con música a la usanza de Nueva Orleans, rituales aztecas, danzas caribeñas…y la caminata se siente entre fúnebre, sarcástica, y hasta política. La sinfónica presenta una función especial de Día de Muertos, lo mismo hacen museos, organizaciones sin fines de lucro y hasta iglesias donde no faltan altares con flores de cempazuchitl, fotos de los fallecidos, pan, comida, velas y papel picado. Y también panteones ficticios con tonos de arte callejero. Oakland, San José, Petaluma, Sacramento, Los Angeles, San Diego, y en el resto de Estados Unidos donde abundan comunidades hispanas, hacen su fiesta de Día de Muertos.

Los medios aprovechan el festejo se aprovecha para convertirlo en festival con artistas, vendimia, puestos donde se provee información sobre servicios comunitarios. La gente se disfraza de lo que puede, unos más muertos y otros más vivos.

Eso sí, en todos lados lo que no faltan son las caras pintadas de muerte. Las caras de calavera, de calaca, de catrina, de esqueleto, de la versión que quiera usted. Alrededor de los ojos se pinta en color oscuro, el resto de la cara en blanco como la muerte, y aquí y allá se pintan flores o diseños coloridos, delineando los ojos y la boca, ornamentando el hueso de la mejilla.

A veces pienso que nos ha entrado un furor por pintarnos la cara de coloridas calacas y muerte, para escaparnos un poco de las crudas realidades que nos toca vivir en Estados Unidos. A todos, no solo a los mexicanos y latinos.

La moda de pintarse la cara de calavera pudiera ser un escape acompañado por una canasta de miedos: El miedo a que gane Donald Trump el narcisista, a que haya un terremoto, a que no alcance el dinero para pagar la renta o a ser víctima de desalojo, y más.

El pavor a ser deportado, a que le acosen los bullies, a que le roben su identidad, a perder el trabajo. El horror a no estar de moda, a sentirse viejo y que no le valoren, a no tener dinero, a quedarse solo, a que le maten a su hijo y que no haya justicia, a enfermarse y no tener seguro médico.

El temor a ser del montón, a tener que aceptar que en una sociedad unos pueden hartarse de dinero y muchos otros tienen que dormir en las calles o por debajo de los freeways, a resignarse a aceptar las guerras y los abusos, a dejar de soñar, de creer, y de vivir.

Miedos, pavores, horrores y temores a la vida tanto como a la muerte. Los muertos por su parte, descansan en paz. Los vivos les extrañamos mientras a veces vivimos muriéndonos de miedo.

Cuando a los mexicanos les asusta algo, a menudo lo enfrentan burlándose de ello. La muerte es un misterio que asusta a muchos, tal vez a todos. Con las caras pintadas algunos sienten que burlan a la muerte. Con las ofrendas y rituales se le muestra respeto –por si las dudas.

“El mexicano frecuenta a la muerte, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor permanente”.

-Octavio Paz. El Laberinto de la Soledad.  

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